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Vigilia Pascual

  “ ¡HA RESUCITADO! ”


Primera lectura

Lectura del libro del Génesis 1, 1 — 2, 2

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios:

«Exista la luz».

Y la luz existió.

Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche».

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.

Y dijo Dios:

«Exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas».

E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento.

Y así fue.

Llamó Dios al firmamento «cielo».

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.

Dijo Dios:

«Júntense las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezca lo seco».

Y así fue.

Llamó Dios a lo seco «tierra», y a la masa de las aguas llamó «mar».

Y vio Dios que era bueno.

Dijo Dios:

«Cúbrase la tierra de verdor, de hierba verde que engendre semilla, y de árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra».

Y así fue.

La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.

Dijo Dios:

«Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra».

Y así fue.

E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

Dijo Dios:

«Bullan las aguas de seres vivientes, y vuelen los pájaros sobre la tierra frente al firmamento del cielo».

Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies, y las aves aladas según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Luego los bendijo Dios, diciendo:

«Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra».

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

Dijo Dios:

«Produzca la tierra seres vivientes según sus especies: ganados, reptiles y fieras según sus especies».

Y así fue.

E hizo Dios las fieras según sus especies, los ganados según sus especies y los reptiles según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Dijo Dios:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra».

Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.

Dios los bendijo; y les dijo Dios:

«Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra».

Y dijo Dios:

«Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira».

Y así fue.

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.

Así quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo.

Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho.


SALMO:


Sal 103, 1-2a. 5-6. 10 y 12. 13-14. 24 y 35c

R/. Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto. R/.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas. R/.

De los manantiales sacas los ríos,

para que fluyan entre los montes;

junto a ellos habitan las aves del cielo,

y entre las frondas se oye su canto. R/.

Desde tu morada riegas los montes,

y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

haces brotar hierba para los ganados,

y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos. R/.

Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría;

la tierra está llena de tus criaturas.

¡Bendice, alma mía, al Señor! R/.


Segunda lectura

Gn 22, 1-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo:

«¡Abrahán!».

El respondió:

«Aquí estoy».

Dios dijo:

«Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los monte que yo te indicaré».

Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el holocausto y se encaminó al lugar que le había indicado Dios.

Al tercer día levantó Abrahán los ojos y divisó el sitio desde lejos. Abrahán dijo a sus criados:

«Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros».

Abrahán tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos.

Isaac dijo a Abrahán, su padre:

«Padre».

Él respondió:

«Aquí estoy, hijo mío».

El muchacho dijo:

«Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?».

Abrahán contestó:

«Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y siguieron caminando juntos.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

«¡Abrahán, Abrahán!».

Él contestó:

«Aquí estoy».

El ángel le ordenó:

«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto».

El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:

«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».


SALMO


Sal 15, 5 y 8. 9-10. 11

R/. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

mi suerte está en tu mano.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,

se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa esperanzada.

Porque no me abandonarás en la región de los muertos

ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha. R/.


Tercera lectura

Lectura del libro del Éxodo 14, 15 — 15, 1a

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

«¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen por medio del mar, por lo seco. Yo haré que los egipcios se obstinen y entren detrás de vosotros, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus jinetes. Así sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de sus jinetes».

Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube, que iba delante de ellos, se desplazó y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran aproximarse el uno al otro. Moisés extendió su mano sobre el mar y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del este que sopló toda la noche; el mar se secó y se dividieron las aguas. Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron y entraron tras ellos, en medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes.

Era ya la vigilia matutina cuando el Señor miró desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios y sembró el pánico en el ejército egipcio. Trabó las ruedas de sus carros, haciéndolos avanzar pesadamente.


Los egipcios dijeron:

«Huyamos ante Israel, porque el Señor lucha por él contra Egipto».

Luego dijo el Señor a Moisés:

«Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes».

Moisés extendió su mano sobre el mar; y al despuntar el día el mar recobró su estado natural, de modo que los egipcios, en su huida, toparon con las aguas. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar.

Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar. Ni uno solo se salvó.

Mas los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda.

Aquel día salvó el Señor a Israel del poder de Egipto, e Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Vio, pues, Israel la mano potente que el Señor había desplegado contra los egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.

Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor:


SALMO


Salmo responsorial Ex 15, 1b-2. 3-4. 5-6. 17-18

R/. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria.


Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,

caballos y carros ha arrojado en el mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor,

El fue mi salvación.

Él es mi Dios: yo lo alabaré;

el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. R/.

El Señor es un guerrero,

su nombre es “El Señor”.

Los carros del faraón los lanzó al mar,

ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. R/.

Las olas los cubrieron,

bajaron hasta el fondo como piedras.

Tu diestra, Señor, es magnífica en poder,

tu diestra, Señor, tritura al enemigo. R/.

Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad,

lugar del que hiciste tu trono, Señor;

santuario, Señor, que fundaron tus manos.

El Señor reina por siempre jamás. R/.


Cuarta lectura

Lectura del libro de Isaías 54, 5-14

Quien te desposa es tu Hacedor: su nombre es Señor todopoderoso. Tu libertador es el Santo de Israel: se llama «Dios de toda la tierra».

Como a mujer abandonada y abatida te llama el Señor; como a esposa de juventud, repudiada —dice tu Dios—.

Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré.

En un arrebato de ira, por un instante te escondí mi rostro, pero con amor eterno te quiero —dice el Señor, tu libertador—.

Me sucede como en los días de Noé: juré que las aguas de Noé no volverían a cubrir la tierra; así juro no irritarme contra ti ni amenazarte.

Aunque los montes cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor, ni vacilaría mi alianza de paz —dice el Señor que te quiere—.

¡Ciudad afligida, azotada por el viento, a quien nadie consuela!

Mira, yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros; haré tus almenas de rubí, tus puertas de esmeralda, y de piedras preciosas tus bastiones.

Tus hijos serán discípulos del Señor, gozarán de gran prosperidad tus constructores.

Tendrás tu fundamento en la justicia: lejos de la opresión, no tendrás que temer; lejos del terror, que no se acercará.


SALMO


Salmo responsorial Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b

R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, sacaste mi vida del abismo,

y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos,

celebrad el recuerdo de su nombre santo;

su cólera dura un instante;

su bondad, de por vida;

al atardecer nos visita el llanto;

por la mañana, el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;

Señor, socórreme.

Cambiaste mi luto en danzas.

Señor Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.


Quinta lectura

Lectura del libro de Isaías 55, 1-11

Esto dice el Señor:

«Sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche.

¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.

Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis.

Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David: lo hice mi testigo para los pueblos, guía y soberano de naciones.

Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti; porque el Señor tu Dios, el Santo de Israel te glorifica.

Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca.

Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—.

Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes.

Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».


SALMO


Salmo responsorial Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6

R/. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación

«Él es mi Dios y Salvador:

confiaré y no temeré,

porque mi fuerza y mi poder es el Señor,

él fue mi salvación».

Y sacaréis aguas con gozo

de las fuentes de la salvación. R/.

«Dad gracias al Señor,

invocad su nombre,

contad a los pueblos sus hazañas,

proclamad que su nombre es excelso». R/.

Tañed para el Señor, que hizo proezas,

anunciadlas a toda la tierra;

gritad jubilosos, habitantes de Sión,

porque es grande es en medio de ti el Santo de Israel. R/.


Sexta lectura

Lectura del libro de Baruc 3, 9-15. 32 — 4, 4

Escucha, Israel, mandatos de vida; presta oído y aprende prudencia.

¿Cuál es la razón, Israel, de que sigas en país enemigo, envejeciendo en tierra extranjera; de que te crean un ser contaminado, un muerto habitante del Abismo?

¡Abandonaste la fuente de la sabiduría!

Si hubieras seguido el camino de Dios, habitarías en paz para siempre.

Aprende dónde está la prudencia, dónde el valor y la inteligencia, dónde una larga vida, la luz de los ojos y la paz.

¿Quién encontró su lugar o tuvo acceso a sus tesoros?

El que todo lo sabe la conoce, la ha examinado y la penetra; el que creó la tierra para siempre y la llenó de animales cuadrúpedos; el que envía la luz y le obedece, la llama y acude temblorosa; a los astros que velan gozosos arriba en sus puestos de guardia, los llama, y responden: «Presentes», y brillan gozosos para su Creador.

Este es nuestro Dios, y no hay quien se le pueda comparar; rastreó el camino de la inteligencia y se lo enseñó a su hijo, Jacob, se lo mostró a su amado, Israel.

Después apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres.

Es el libro de los mandatos de Dios, la ley de validez eterna: los que la guarden vivirán; los que la abandonen morirán.

Vuélvete, Jacob, a recibirla, camina al resplandor de su luz; no entregues a otros tu gloria, ni tu dignidad a un pueblo extranjero.

¡Dichosos nosotros, Israel, que conocemos lo que agrada al Señor!


SALMO


Salmo responsorial Sal 18, 8. 9. 10. 11

R/. Señor, tú tienes palabras de vida eterna

La ley del Señor es perfecta

y es descanso del alma;

el precepto del Señor es fiel

e instruye a los ignorantes. R/.

Los mandatos del Señor son rectos

y alegran el corazón;

la norma del Señor es límpida

y da luz a los ojos. R/.

El temor del Señor es puro

y eternamente estable;

los mandamientos del Señor son verdaderos

y eternamente justos. R/.

Más preciosos que el oro,

más que el oro fino;

más dulce que la miel

de un panal que destila. R/.


Séptima lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 36, 16-28

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de hombre, la casa de Israel profanó con su conducta y sus acciones la tierra en que habitaba.

Me enfurecí contra ellos, por la sangre que habían derramado en el país, y por haberlo profanado con sus ídolos.

Los dispersé por las naciones, y anduvieron dispersos por diversos países. Los he juzgado según su conducta y sus acciones.

Al llegar a las diversas naciones, profanaron mi santo nombre, ya que de ellos se decía: “Estos son el pueblo del Señor y han debido abandonar su tierra”.

Así que tuve que defender mi santo nombre, profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde había ido.

Por eso, di a la casa de Israel: “Esto dice el Señor Dios:

No hago esto por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por vosotros en las naciones a las que fuisteis.

Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en medio de ellos.

Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de vosotros les haga ver mi santidad.

Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra.

Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”».


SALMO


Salmo responsorial Sal 41, 3. 5bcd; 42, 3. 4

R/. Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío


Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.


Cómo entraba en el recinto santo,

cómo avanzaba hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y alabanza,

en el bullicio de la fiesta. R/.


Envía tu luz y tu verdad:

que ellas me guíen

y me conduzcan hasta tu monte santo,

hasta tu morada. R/.


Me acercaré al altar de Dios,

al Dios de mi alegría;

y te daré gracias al son de la cítara,

Dios, Dios mío. R/.


Octava lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11

Hermanos:


Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado.

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.

Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.


SALMO


Salmo responsorial Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23

R/. Aleluya, aleluya, aleluya

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia. R/.

«La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa».

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente. R/.



Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 1-10

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:

«Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».

Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo:

«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».



✨ REFLEXIÓN DEL EVANGELIO

Queridos hermanos y hermanas, jóvenes que hoy se asoman al misterio más grande que la razón humana ha intentado procesar: nos encontramos en la noche de las noches, en la frontera exacta donde el silencio de la tumba se convierte en el grito de la vida. Esta Vigilia Pascual no es un recordatorio nostálgico ni una puesta en escena de mitos antiguos; es la respuesta definitiva a la pregunta que todos, especialmente ustedes en esta etapa de búsqueda y definiciones, se hacen en el fondo de su corazón: ¿tiene la vida la última palabra, o la tiene la nada? Al contemplar el Cirio Pascual que entró en la oscuridad de este templo, no veíamos solo una vela, sino el estallido de un nuevo paradigma. La Resurrección de Jesucristo es el acontecimiento que "hackea" las leyes de la entropía y el determinismo biológico, demostrándonos que el amor, cuando es total, tiene una densidad ontológica superior a la muerte.

Si volvemos la mirada al relato del Génesis que hemos proclamado, comprendemos que la creación no fue un evento estático que ocurrió hace millones de años, sino un proyecto de amor que hoy alcanza su plenitud. Cuando Dios dijo "Hágase la luz", no solo separó el día de la noche, sino que estableció la victoria del orden sobre el caos. Sin embargo, todos experimentamos que ese orden original se fractura; lo vemos en las injusticias sociales, en el vacío existencial que a veces nos asalta frente a una pantalla de móvil, o en la fragilidad de nuestros vínculos. La Resurrección es, en términos teológicos y argumentales, la "Nueva Creación". Si el primer Adán nos mostró nuestra capacidad de caer, Cristo, el Nuevo Adán, nos muestra nuestro destino de gloria. Esto significa que nuestra existencia no es un accidente biológico destinado al polvo, sino una obra maestra en proceso de restauración. Un estudiante de bachillerato sabe que para entender una ecuación compleja necesita ver el resultado final; la Resurrección es el resultado de la ecuación de la historia humana: al final, Dios gana, y nosotros con Él.

Este camino de victoria pasa necesariamente por la prueba, como lo vimos en el sacrificio de Isaac. Muchas veces, la fe se nos presenta como una renuncia absurda, un "sacrificio" de nuestra libertad o de nuestros deseos. Pero el argumento de la historia de Abrahán es profundamente liberador: Dios no quiere la muerte del hijo, sino la confianza absoluta del padre. En el monte Moria se prefigura lo que hoy celebramos: Dios proveerá el Cordero. Mientras el mundo nos pide que nos sacrifiquemos en los altares del éxito inmediato, del consumo o de la imagen perfecta para ser aceptados, el Dios de Jesucristo es el único que se sacrifica por nosotros. La justificación de nuestra fe reside en que no adoramos a un juez lejano que exige cuotas de dolor, sino a un Padre que corre el riesgo de la muerte para rescatar a sus hijos del abismo.

Esa liberación se hace historia viva en el Éxodo. El paso por el Mar Rojo es la gran metáfora de nuestra propia vida. Todos tenemos "Egiptos" de los que huir: el miedo al futuro, la necesidad de aprobación, las adicciones sutiles a la dopamina digital o el pesimismo que nos dice que nada va a cambiar. El milagro no es solo que las aguas se abran, sino que el pueblo se atreva a caminar. La Resurrección de Cristo es nuestro Mar Rojo; Él ha cruzado primero la orilla de la muerte para que nosotros no miremos el final de la vida con terror, sino como un tránsito hacia la libertad plena. Es un argumento histórico y existencial: el cristianismo no es una moral de esclavos que se resignan, sino una épica de hombres y mujeres que saben que las murallas de agua —las dificultades de la vida— no los detendrán porque Dios camina a su lado.

Pero esta transformación no es solo externa; es un cambio de naturaleza, un "trasplante de corazón" como prometió el profeta Ezequiel. En una edad donde se busca la autenticidad por encima de todo, el mensaje de esta noche es radical: no puedes ser verdaderamente tú mismo si tu corazón es de piedra, es decir, si está cerrado por el cinismo o la indiferencia. La Resurrección infunde un "espíritu nuevo". No se trata de ser "buenas personas" por compromiso social, sino de dejar que la vida de Cristo circule por nuestras venas. Imaginen un software que es actualizado para que el hardware rinda a una potencia nunca antes vista; eso es la gracia de la Pascua. Nos permite amar lo que antes nos parecía insoportable, perdonar lo que creíamos imperdonable y esperar cuando todo parece perdido. Es la superación del nihilismo a través de la experiencia del encuentro con el Viviente.

San Pablo, en su carta a los Romanos, nos ofrece el fundamento jurídico y espiritual de nuestra identidad: por el bautismo, fuimos sepultados con Cristo para resucitar con Él. Esto significa que el "hombre viejo", ese que vive para el ego, para el "yo, mi, me, conmigo", ha muerto en las aguas. El joven cristiano no es alguien que sigue reglas, sino alguien que ha muerto a la mediocridad para vivir en la excelencia del amor. Si Cristo ha resucitado, entonces el pecado —que no es otra cosa que errar el blanco de nuestra felicidad— ya no tiene poder sobre nosotros. Tenemos la libertad de los hijos de Dios, una libertad que se argumenta en el hecho de que ya no tenemos que demostrar nada a nadie, porque nuestra dignidad ha sido sellada por la sangre y la gloria de Cristo.

Finalmente, llegamos al Evangelio de Mateo con ese terremoto que sacude la tierra. Las mujeres no encontraron un cadáver para embalsamar, sino un ángel que anunció lo imposible: "¡No está aquí! ¡Ha resucitado!". Este es el punto de inflexión de la historia universal. Si Jesús estuviera en la tumba, el cristianismo sería una filosofía ética más, quizá muy bella, pero impotente ante el cáncer, la guerra o la soledad. Pero como el sepulcro está vacío, nuestra esperanza tiene un fundamento sólido. La Resurrección es el "sí" de Dios a la vida de Jesús y, por extensión, a la vida de cada uno de ustedes. No tengan miedo de apostar por Él. No tengan miedo de ser testigos de que la luz es más fuerte que la tiniebla. Al salir hoy de esta vigilia, no lleven solo una vela encendida; lleven la convicción de que son portadores de una vida que la muerte no puede tocar. ¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! Que esta certeza transforme sus estudios, sus amistades, sus familias y sus sueños, porque desde hoy, todo es nuevo y todo es posible en Aquel que vive para siempre.


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PRIMERA LECTURA [Vi salir agua del templo: era un agua que daba vida y fertilidad.] Del libro del profeta Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12 En aquellos tiempos, un hombre me llevó a la entrada del templo. Por debajo del umbral manaba agua hacia el oriente, pues el templo miraba hacia el oriente, y el agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar. Luego me hizo salir por el pórtico del norte y dar la vuelta hasta el pórtico que mira hacia el oriente, y el agua corría por el lado derecho. Aquel hombre me dijo: “Estas aguas van hacia la región oriental; bajarán hasta el Arabá, entrarán en el mar de aguas saladas y lo sanearán. Todo ser viviente que se mueva por donde pasa el torrente, vivirá; habrá peces en abundancia, porque los lugares a donde lleguen estas aguas quedarán saneados y por dondequiera que el torrente pase, prosperará la vida. En ambas márgenes del torrente crecerán árboles frutales de toda especie, de follaje perenne e inagotables frutos. Darán frutos nuevos cada me...

El Señor nos da la libertad

La Liberación de Dios  ¿Alguna vez has pensado esto?: “Dios, hoy me siento mal, he tenido muchos problemas últimamente y me desespero porque a veces pienso que no tienes tiempo para mí… Dios, ¿¿Dios… sigues ahí??" Muchas veces nos llega a pasar la pregunta por la mente, si Dios realmente es capaz de estar atento a todos nosotros, porque en verdad somos muchos en este mundo, que pareciera que está tan ocupado atendiendo problemas más importantes que los nuestros, si esto sucede muy a menudo nuestra confianza en El puede disminuir, al dejar de aferramos a sus promesas. Jesús al venir a este mundo nos advirtió que vendrían pruebas y aflicciones. Juan 16:33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo Dios nunca se olvida de sus hijos, nosotros somos como pequeños pero Dios esta al tanto de cada uno de nosotros, nunca dudes que Dios tiene siempre un propósito. Sus planes siempre serán mejores que los n...

Conmemoración de los Fieles Difuntos

PRIMERA LECTURA Lectura del Libro del Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7 Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos. El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, yo le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo.» Palabra de Dios Te alabamos Señor  SALMO RESPONSORIAL Salmo 26, 1. 4. 7. 8b. 9a. 13-...