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Festividad de la Asunción de María

 Queridos hermanos de la parroquia de San Pedro Apóstol de Cártama, paz y bien a todos. 

En este día hermoso de la solemnidad de la Asuncion, queremos haceros llegar un saludo muy especial, acompañado de nuestra oración y cariño.

Que María, llena de gracia y totalmente entregada a Dios, nos ayude a abrir el corazón al Señor con confianza y sencillez. Que acompañe a cada uno de vosotros, a vuestras familias  y que su ejemplo nos anime a vivir la fe con alegría, esperanza y generosidad.

Que la celebración de la Asunción renueve en nosotros el deseo de seguir a Cristo y de servir a los demás con un corazón dispuesto.

Un fuerte abrazo para todos. Que la Virgen os bendiga, os cuide y os acompañe siempre. Os tenemos muy presentes en nuestra oración. Esperamos vernos pronto.


P. Luís Alberto

P. Antonio


✨ REFLEXIÓN DEL EVANGELIO

​La Liturgia de la Palabra de hoy nos introduce en el corazón mismo del misterio de la Alianza: la desproporción infinita entre la fragilidad humana y la fidelidad apasionada de Dios. Lejos de presentarnos una fe abstracta o moralista, los textos de Ezequiel y del Evangelio según san Mateo nos sumergen en la dinámica viva del amor esponsalicio, donde Dios no solo rescata a la humanidad de su miseria originaria, sino que eleva la capacidad de amar del ser humano a una dimensión sagrada e indisoluble.

​El relato del profeta Ezequiel es sobrecogedor por su realismo y su audacia poética. Dios describe la historia de Jerusalén —que es, en definitiva, la historia del alma humana— desde una indigencia absoluta. El ser humano aparece aquí como una criatura recién nacida, abandonada en su propia sangre, rechazada, sin envolver y condenada a la muerte en campo abierto. Es la imagen viva de nuestra invalidez espiritual antes de la iniciativa divina.

​En esa soledad radical, la salvación no surge de una búsqueda humana ni de un mérito previo. Dios no pasa de largo; se detiene, contempla el desamparo y pronuncia un mandato creador: «¡Sigue viviendo!». La Gracia siempre precede a la respuesta. Dios no solo le otorga la vida, sino que acompaña cada etapa de su crecimiento hasta engalanarla con la dignidad de una reina. Lo que sigue es la tragedia recurrente del corazón humano: la criatura, deslumbrada por la belleza y la riqueza recibidas, olvida la Fuente de sus dones. Se apodera de lo regalado, cae en la autorreferencialidad y convierte la hermosura dada en instrumento de prostitución e idolatría. Esto es la esencia profunda del pecado: el intento torpe de buscar la plenitud al margen del Donante.

​Sin embargo, el desenlace de la profecía no es el aniquilamiento, sino la desarmante pedagogía de la misericordia. Dios promete restablecer una Alianza Eterna. La vergüenza y el silencio a los que se refiere el texto no brotan del juicio aplastante, sino de la sorpresa del perdón inmerecido. Es el sonrojo Santo de quien se descubre infinitamente amado precisamente cuando merecía la repulsa. Dios no perdedura su ira; la misericordia limpia el pasado para que la memoria se convierta en gratitud.

​Esta misma lógica del Amor Primero es la que Jesús defiende con vehemencia en el Evangelio frente a la casuística legalista de los fariseos. Cuando le preguntan sobre la licitud del divorcio «por cualquier motivo», los fariseos intentan encerrar la ley de Dios en los márgenes del cálculo y la comodidad humana. Jesús, con autoridad divina, los remonta por encima de las concesiones normativas y los lleva de vuelta al principio: a la intención originaria del Creador en el Génesis.

​En el diseño de Dios, la unión entre el varón y la mujer no es un simple contrato social ni un pacto sujeto a la volatilidad de los sentimientos humanos. Es una realidad en la que Dios mismo interviene uniendo: «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». El matrimonio, en la visión de Cristo, es reflejo y participación de esa misma Alianza fiel e irrevocable que Yahvé selló con su pueblo.

​Cuando los fariseos apelan a la norma mosaica sobre el acta de divorcio, Jesús al descubierto la verdadera causa de las fracturas humanas: la dureza de corazón (sklerokardia). El permiso de Moisés no era una bendición al repudio, sino una concesión pedagógica ante la incapacidad momentánea del hombre debilitado por el pecado para vivir la totalidad del amor. Con la venida del Reino, Jesús no impone un mandamiento inaccesible; ofrece la gracia para sanar esa dureza del corazón y hacer posible la fidelidad perpetua.

​La reacción de los discípulos ante la radicalidad de Jesús es profundamente reveladora: «Si esa es la situación... no trae cuenta casarse». La mentalidad utilitaria se tambalea ante la exigencia de la donación total. Es en ese momento de desconcierto cuando Jesús expande los horizontes del amor revelando otra forma de entrega: el celibato por el Reino de los Cielos.

​Jesús deja en claro que tanto la fidelidad indisoluble en el matrimonio como la renuncia célibe por causa del Reino no son meras construcciones de la voluntad humana ni cargas estoicas; son dones concedidos por el Padre («solo los que han recibido ese don»). Como nos enseña la sabiduría del sacerdocio católico, el celibato evangélico y el santo matrimonio no compiten entre sí, sino que se iluminan mutuamente:

  • ​El Matrimonio Santo manifiesta la fidelidad visible y encarnada del amor de Cristo por su Iglesia, haciendo del hogar un santuario de donación y apertura a la vida.
  • ​El Celibato por el Reino anticipa la condición futura del cielo, atestiguando con la propia vida que Dios basta para colmar el corazón humano y que la vocación última de toda alma es el abrazo esponsal con el Creador.

​Ambas vocaciones exigen superar la lógica del interés personal para entrar en la dinámica de la entrega confiada. Requieren el coraje de entregar el control y la humildade de dejarse lavar, vestir y acompañar diariamente por el Esposo divinal que nos dice a cada instante: «Sigue viviendo».

​«Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor» (Is 12, 2). Solo cuando fundamentamos nuestras vocaciones en la roca inquebrantable de su misericordia, la fidelidad deja de ser una exigencia pesada y se convierte en el testimonio más radiante de la libertad de los hijos de Dios. 

Agradecemos su difusión entre los fieles de Cártama.

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