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Glorifiquemos al Maestro

 Glorifiquemos al Maestro

No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. (Filipenses 2:4).


Cuán fervoroso y conmovedor llamamiento expresa Pablo cuando dice: “Ya sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” 

(2 Corintios 8:9).


 Ya sabéis desde cuán alto se rebajó, y conocéis la profundidad de la humillación a la cual descendió. Sus pies se internaron en el camino del sacrificio, y no se desviaron hasta que hubo entregado su vida. No medió descanso para él entre el trono del cielo y la cruz. 

Su amor por el hombre le indujo a soportar cualquier indignidad y cualquier ultraje.


Pablo nos amonesta a no mirar “cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros” 

(Filipenses 2:4).


Nos exhorta a que tengamos el “sentir que hubo tambien en Cristo Jesús: el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios: sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” 

(Filipenses 2:5-8).


“Sabiendo dice el apóstol Pedro, que habéis sido rescatados,... no con cosas corruptibles, como oro o plata” 

(1 Pedro 1:18).


¡Oh! si con dinero hubiera podido comprarse la salvación del hombre, cuán fácil hubiera sido realizada por Aquel que dice: “Mía es la plata, y mío el oro” 

(Hageo 2:8).


 Pero el pecador no podía ser redimido sino por la preciosa sangre del Hijo de Dios.

 Los que, dejando de apreciar tan admirable sacrificio, se retraen del servicio de Cristo, perecerán en su egoísmo.


Todo aquel que acepte a Cristo como su Salvador personal anhelará tener el privilegio de servir a Dios. Al considerar lo que el cielo ha hecho por él, su corazón se sentirá conmovido de un amor sin límites y de agradecida adoración. Ansiará manifestar su gratitud dedicando sus capacidades al servicio de Dios. Anhelará demostrar su amor por Cristo y por los hombres a quienes Cristo compró. Deseará pasar por pruebas, penalidades y sacrificios.


El verdadero obrero de Dios trabajará lo mejor que pueda, porque así podrá glorificar a su Maestro. Obrará bien para satisfacer las exigencias de Dios. 

Se esforzará por perfeccionar todas sus facultades. Cumplirá todos sus deberes como para con Dios. 

Su único deseo será que Cristo reciba homenaje y servicio perfecto.


Hay un cuadro que representa un buey parado entre un arado y un altar, con la inscripción: “Dispuesto para uno u otro”: para trabajar duramente en el surco o para servir de ofrenda en el altar del sacrificio. 

Tal es la actitud de todo verdadero hijo de Dios: ha de estar dispuesto a ir donde el deber lo llame, a negarse a sí mismo y sacrificarse por la causa del Redentor.

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