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Dios no tiene vacaciones

En estos meses de verano, comienzan para muchos de nosotros las ansiadas vacaciones, una pausa en el camino de nuestras obligaciones laborales, en el que tenemos oportunidad de estar más tiempo con quienes más queremos, hacer lo que realmente nos apatece sin estar pendientes de atender un horario acotado.
En efecto, nos sentimos más libres del ansiado disfrute, de poder desplazarnos a otros lugares, aprovechar las bondades del clima veraniego y también de explorar nuevas facetas, tanto en nosotros como en los demás.
En cambio, para Dios nunca hay vacaciones, El, es el amigo que nunca nos falla, quien está en la tristeza,  en la adversidad, en las alegrías, en todo cuanto nos rodea.  Su amor infinito (1 Juan 4:16), y aunque nos parezca contraproducente, incluso cuando en la vida nos resulta muy duro sobrellevar acontecimientos difíciles de sostener, con fe, con auténtica fe en El (Marcos 11:24) podemos lograr que el obstáculo sea un elemento cuanto menos de aprendizaje, y cuanto más, incluso de fortaleza añadida, hacia el crecimiento interior de comunión con el Señor (Proverbios 8:35).
En estos meses de verano, podemos aprovechar, dada la bondad del clima, y también por las circunstancias para crear unas vacaciones intimas y transformadoras.
Podemos aprovechar por acudir con mayor frecuencia a la oración más grande que el Señor, nos concedió,  aprovechando para saborear y profundizar en cada elemento de la Liturgia en la Eucaristía, para seguir  adentrándonos en la Palabra de Dios, un mensaje que a pesar del paso del tiempo, de las diferencias culturales y del avance del tiempo permanece como un fuerte pilar que da sentido a la existencia humana.
Tenemos más oportunidad de limpiar nuestro interior, comenzando por preguntarnos ¿estoy haciendo la voluntad del Señor o sólo la mía...? y llegado a este punto ¿en qué medida me importa el bienestar del prójimo? (Gálatas 6:2).
Es entonces, cuando tenemos la ocasión de experimentar la reconciliación con Dios, y a la par, con todo lo que El creó (Santiago 5:16).  Dios es tanto en amor que perdona la maldad, confía que sus hijos, lo mismo que fallan tengan la entereza de reparar y ser limpios de corazón (2 Reyes 12:5).

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